MI ABUELO Y YO.

No puedo dormir. No sé si hace calor, frío, no sé ni qué hora es. Tengo miedo, todo está oscuro. Casi sollozando, me doy vuelta y sigo durmiendo. Me despierto, ya aclaró, entonces es de día. No sé si hace calor o frío o qué hora es, pero sé que es domingo. El domingo es el único día que amanezco con ellos. A mi lado está ella, aún dormida. No me moveré, no quiero que se despierte. A mi lado él, mirándome probablemente desde que estaba dormida, esperando a que le diga esas palabras que lo hacen feliz: "Buenos días, Papi". Nunca abuelo, jamás abuelo, siempre papi, por siempre papi.

Sé que todavía tiene sueño. Sé le nota en la cara y, vamos, no es para menos, se ha dormido muy tarde viendo los programas periodísticos. Pero tengo cinco años y en lo único en que puedo pensar es en leche. Él, sin preguntarme nada, se levanta, se pone las pantuflas y pregunta algo que sabe de memoria, pero que dice para que me quede segura y contenta: "Cinco onzas de leche y tres cucharaditas de azúcar, ¿verdad?". Mi abuela, con un ojo abierto y moviendo la cubrecama en señal de sí, le responde. Pocos minutos después vuelve con el biberón, aún caliente y que va enfriando en la mano. Es así el abuelo, perdón, mi papi: siempre queriendo lo mejor para mí. Me da la teta y se acuesta otra vez. Yo ya no quiero dormir, quiero contarle un chiste, pero a la mitad de la historia me duermo. Lo siento, soy solo una niña (que tomó biberón hasta los cinco años).

Tengo la suerte de tener a mis cuatro abuelitos vivos. Vivo con dos, y a los otros dos los veo algunos fines de semana. La universidad, la vida, mis actividades pastorales y uno que otro derrepente, sin contar el ritmo agitado que llevo, hacen que no pueda disfrutarlos tanto como ellos a mí. Resulta ilógico pero es así: ellos sí me disfrutan: hablan de mí, me recuerdan siempre, me alaban más que yo a ellos. Soy parte de sus prioridades, pero no viceversa, lo cual me da pena. Fastidio. Vergüenza. Desilusión. Ánimo. Sí, ánimo para escribir esto, para que lo virtual pueda unirnos como antes lo hacía una conversación o un juego de mesa.

Hoy hablaré de alguien especial: mi abuelito paterno. Vivo con él desde hace diez años, pero toda la vida hemos pasado tiempo juntos. O lo visitaba yo o me visitaba él. Cuando salíamos a dar vueltas caminaba tan rápido que tenía que correr para estar a su lado. Le gustaba ir a todos lados caminando, siempre con terno y corbata, como si estuviera tarde para una cena de gala.

Al pasar pon una tienda, casi siempre pedíamos nuestra orden favorita: una cerveza y un chocolate. Es obvio quién tomaba qué. Solía conversan con los tenderos, mientras yo comía un chocolate tras otro, que él pedía de memoria pues eran nuestros favoritos: meteoro, de leche (con la vaquita feliz en el estuche verde), juguete, winter’s de nueces (el del estuche negro, que ya no existe), y otros más que no recuerdo. Si la charla era amena, se tomaba otra botella, mientras presumía de mis notas en el cole (en ocasiones salía con la libreta en el bolsillo), de que aprendí a leer a los tres años, de mi fluído inglés, o de que había aprendido solita todas las capitales de todos los países del mundo ayudada de mi Enciclopedia Sopena tapa roja. Si el bodeguero era aburrido o yo empezaba a aburrirme, nos íbamos a dar una vuelta antes de regresar a casa, para borrar el tufillo de alcohol y el chocolate, "si no la mami no nos sirve el almuerzo". No sé qué hacía pero al llegar a casa sabía muy bien qué decir y hacer para que nadie sospechara de nuestras aventuras de mediodía. Eres mi héroe, abuelo.

Cuando la primaria se hacía más exigente, y su trabajo también (había ascendido en varios cargos), nuestras charlas y aventuras eran cada vez menores. Ya casi no recuerdo qué hacíamos. Lo último que me viene a la mente es la escritura del testamento. Un buen día, yo regresaba del cole y él estaba en casa. No había ido a trabajar, estaba enfermo. Estaba setando en la cama y tenía puesto el terno marrón. Lo saludé y me dijo: alcánzame mi maletín negro…

(Paréntesis: ¡cuánto adoraba ese maletín negro! Me encantaba como lo llevaba puesto, le hacía ver elegante, además de que era diferente a todos los que había visto: de un cuero tan duro que parecía irrompible, con una asa del color de cuerpo, que parecía rígida pero se acomodaba a todas las manos. Cada vez que llegaba a casa, corría a abrir el maletín en silencio y revisaba papeles, miles de papeles que no entendía, cartas, documentos, siempre con la firma del abuelo o esperando su rúbrica para ser aceptados. Me gustaba también porque mi papi siempre traía chocolates para todos y los guardaba escuetamente en el bolsillo secreto del maletín que, tras años y años de lucha, nunca logré encontrar. A veces, sin que él lo supiera, me alucinaba la mejor profesora del mundo entrando al salón con el maletín, diciendo a mis alumnos (que en ese momento eran Peloncita, Megan de Mi pequeño Pony, E.T, Alf y Raimbow Star, además de Alicia, la gigantona): hoy he traído las notas del examen. Me hacía ver imponente, importante. Oh, maletín, ¿dónde estarás ahora? Cierro Paréntesis).

Se lo alcancé y me dijo: "Saca papel y lapiz. ¿Alguna vez has escrito un testamento?" Le dije que no, que sólo había oído de esos documentos en la tele pero que si quería yo podía ayudarle a escribir uno. Y fue así, sin querer queriendo, que empezó a dictar y yo a escribir como un rayo. En menos de una hora, me convertí en la heredera absoluta de todos su bienes, y me enseñó un formalismo para cobrarlos algun día. Yo le dije que él no se iba a morir nunca, que esto era sólo por si acaso, pero él no entendía y yo estaba tan fascinada por ser la futura heredera de aquella caja de pandora de cuero negro y asa autoajustable que no le pregunté más. Sólo lo abracé, nos prometimos amor eterno y guardamos toda huella del delito, "no vaya a ser que lo encuentre alguien".

Desde hace siete años mi abuelito pasa más tiempo del usual en cama. Un derrame, mucho dolor y una hemiplejia que lo acompaña. Al principio lo tomó bien, y la poca movilidad en piernas y brazos la iba superando con rehabilitación. Al cabo de un par de años, la cuestión ya no fue tan facíl y ahora se mantiene estable, pero sin ninguna mejora aparente. Todavía sigue fregado e impaciente, pero también triste y preocupado por todo. No ha dejado sus programas periodísticos, aunque a veces cree que ellos son también parte de su vida. Cada mañana toma lista y pregunta por cada uno de los integrantes de la familia. Su cuarto, pegadito a la puerta de entrada de la casa, es el sitio ideal para que cada quien, al salir o llegar, lo visite un ratito y escuche con él a Zenaida en la radio o le comente las novedades en su vida. Porque él lo escucha todo. A veces nos impacienta a todos con sus preguntas fuera de lugar, y en esas ocasiones recuerdo que cuando niña lo abordaba con mis repetidas interrogantes: ¿Que día empezó el mundo? El 1ero de enero del 00, decía él. Sí, ya lo sé, pero qué dia, ¿lunes, martes, miércoles…? Jueves, sentenciaba, y no sé por qué, a pesar de que le pregunté a todo el mundo y todos me respondieron diferente, le creí a él y se acabó el asunto.

Mi abuelita, que ahora es su fiel compañera, le ayuda en todo: a comer, a prender la tele, la radio, el aseo… y lo hace feliz, aunque a veces se digan la vela verde. No siempre lo visito en el cuartito, pues llego muy cansada, o salgo muy apurada, y todos me llaman la atención por eso. Parece que mi papá y yo somos su engreídos, pues pregunta frecuentemente qué es de nuestra vida.

El otro día casi me obligar
on a darle el lonche. A pesar de que pataleé y puse mil excusas, no tuve otra que aceptar. Le preparé la leche, con las cucharadas exactas de azúcar y con la temperatura ideal, como me indicaron que a él le gusta. Me senté, lo senté y, sorbo a sorbo, le empecé a dar de beber. No pude evitar recordar el viejo ritual de la leche, hace más de diciesiete años, a la misma hora, en el mismo lugar, la misma gente: el blanco líquido, él y yo. Cómo han pasado los años. Mientras saboreaba la leche, recordé nuestras aventuras y lloré en silencio. De cuando en cuando abría los ojos, como si fuera un sueño que estuviera ahí, junto a él. No fue un sueño, papi. Jamás abuelo, siempre papi. Le di sus pastillas, se reía de mi temor a hacerlo mal. Terminé y lo acosté. Le prometí volver pronto y me despedí con un beso. No me contó un chiste, pero se durmió enseguida.

Desde ahora, me toca a mí hacerte dormir. Y hacerte feliz.

4 pensamientos en “MI ABUELO Y YO.

  1. hola meli!! bueno creo q en este blog sere la unica que escriba y es xq me gusto que le escribieras a tu abu. y bueno llegue a esta parte xq en otro blog cuentas que tu papi cesar ha fallecido y bueno me identifico contigo xq yo tmb adore a mi abuelo( al q yo llamaba papi maco) y solo decrite que son unas lindas palabras las escritas x ti.

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  2. Muy lindo….me puso muy nostalgica y con ganas de abrazar a mi padre pues no tengo ningún abuelo, el paterno murio cuando mi papa tenia 4 añitos y el materno era muy malo y murio cuando yo tenia 10 años, y tengo a mi padre que es un amor y lo adoro, pero me doy cuenta que debo de ser mas cariñosa y darle mas tiempo pues tambien esta poniendose viejito y es ahi que debo de darle lo que el me dio de pequeña, paciencia y amor.

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