LOS CUATRO FANTÁSTICOS (I).

La familia Mendoza vive a una hora del centro de la ciudad. Cada día, religiosamente, los cuatro miembros del hogar salen rumbo a diferentes destinos: el colegio, la universidad, la fábrica y la tienda de abarrotes. A diario, deben pelear con mil y un obstáculos que les impiden llegar a tiempo: el chofer de micro que se estaciona en luz verde o avanza despacito para poder llenar pasajeros; el cobrador que quiere cobrar diez céntimos más de la tarifa universitaria porque el destino es largo; el llenador que no deja subir a los escolares a la combi porque hacen bulto y no pagan pasaje entero; el datero que no quiere decir cuánto falta para que llegue el ómnibus de la competencia para que esperen el de su empresa. Aunque parezca demasiado, esto sucede todos los días en cualquier rincón de la ciudad de Lima. Y familias como los Mendoza deben, también a diario, sortear estas vicisitudes que ya se ven como lo cotidiano y a las que, sin querer queriendo, todo limeño se ha acostumbrado.

POR LAS RUTAS DEL PERÚ

En la época de la dictadura militar, Lima había perdido la esperanza de pasar del tranvía y ferrocarril a algún otro medio moderno de transporte como los famosos subterráneos o metros, vehículos que sólo se veían en televisión o en el cine. Para paliar la situación caótica del transporte de ese entonces, que sólo contaba con colectivos, la inversión pública crea el ENATRU (Empresa Nacional de Transporte Urbano), ómnibus de envergadura que transportaba gran cantidad de pasajeros en rutas que iban desde un extremo a otro de la ciudad. Sólo subirte a uno te hacía sentir, por momentos, como un commuter de las más desarrolladas ciudades del mundo, en especial si era un ENATRU que, con una especie de acordeón en el medio, juntaba dos unidades en una.

En los ochentas, aparecieron los microbuses, vehículos con carrocerías destartaladas y asientos hechos de esponja, que recorrían rutas más cortas y contaban con la presencia de un cobrador de pasajes. Además, tenían una puerta delantera (la bajada) y otra posterior (la subida), exactamente al contrario de los ENATRU. En la puerta posterior, había un pequeño timbre que avisaba al conductor que alguien había de bajar. Así lo recuerda el patriarca Mendoza: “Yo estaba en el colegio y como no alcanzaba el timbre, tenía que pedirle a alguien que tocara por mí. La mayoría de veces, cuando no sonaba nada, pedía un segundo favor: que me ayudaran a gritar ‘bajan’, y todos en coro lo hacían. Muchas veces el carro me dejó varios paraderos después".

Cuando los limeños apenas nos adaptábamos a tan diverso parque automotor, en la década pasada la libre importación de vehículos de segunda hizo posible abarrotar  toda la ciudad de camionetas rurales (llamadas comúnmente "combis"). Y esta fue una de las actividades de subsistencia preferidas para los 200 mil jóvenes que ingresaban al mercado laboral cada año y que no encontraban empleo público ni privado.

En la actualidad, Lima es una de las ciudades latinoamericanas con mayor tránsito congestionado y con el sistema de transporte público más informal: las empresas o comités de transporte son informales, la administración del servicio es informal, el diseño de rutas y la distribución de buses también lo es, al igual que los paraderos, la jornada de trabajo, el pregoneo de las rutas y hasta la vestimenta de los operarios. Triste realidad, pero realidad al fin. No obstante, de esta informalidad se sirven millones de pasajeros, y gracias a ella subsisten miles de hogares.

© 2004 – Melissa Aponte Trujillo – Todos los derechos reservados

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