HABLA, ¿VAS? (II)

Para enfrentar el embotellamiento, los conductores del transporte urbano manejan un código verbal y no verbal que ya quisieran tener los más hábiles oradores del mundo. Al primer rival que se atreva a robarles el carril, ellos proclaman, cual discurso presidencial, aquel lenguaje ofensivo que desde pequeños han ido aprendiendo. Como frustrados atletas, manejan a toda velocidad para ganarle la esquina a la competencia, a la vez que van rompiendo reglas de tránsito y rayando carrocerías ajenas. Uno de sus pasatiempos favoritos es coleccionar papeletas y multas de tránsito, las mismas que separan por precio y fecha y apilan en la guantera. Su frase favorita: repetir a todo peatón que pase: "¿Habla, vas?" Sin embargo, casi nadie conoce las verdaderas condiciones de su trabajo.

Hernán es conductor de la línea "Z" desde hace cinco años. Él alquila el vehículo a la empresa, y el 95% de choferes de transporte público en Lima hace lo mismo. Con sus ingresos del día, debe costear el alquiler del carro, el porcentaje por uso de ruta, el pago al cobrador, el almuerzo y gastos varios. Al final de la jornada, sólo se queda con una ganancia de treinta soles; cuarenta, en el mejor de los casos. Su baja ganancia, el exceso de horas de trabajo y la insatisfacción que siente a diario son la principal explicación de las peligrosas carreras que realiza con sus colegas en busca de más pasajeros, aunque para llevar a más tenga que obligarlos a viajar apretados como sardinas dentro del bus. "Siento que trabajo para pagar a la empresa", reclama Hernán.

Por lo general, la jornada de un operario de transporte público urbano se inicia a las seis de la mañana y concluye a las diez de la noche. Manejan en promedio dieciséis horas diarias (algunos hasta dieciocho, casi nadie menos de doce) sin gozar de vacaciones, seguro médico, fondo de pensiones u otros beneficios. Les preocupa recorrer más distancia en el menor tiempo posible, pero olvidan aquel decreto que los obliga a manejar un máximo de cinco horas seguidas de día o cuatro de noche. Ellos dicen que la distancia es el olvido.

Las personas los critican por sus malos modales, sus altercados con la policía, su desenfrenada velocidad o, por el contrario, su santa paciencia. "La gente no nos comprende", admite Hernán. "Las empresas controlan nuestro tiempo. Si marcamos tarjeta un minuto antes, multa, y si un minuto después, multa también. Tenemos que trabajar a la defensiva, tratando de conseguir más gente y si para eso tenemos que aguantarnos o chantar (sobrepasar) al otro, ¿qué vamos a hacer, pues? Este trabajo no es fácil, te desgastas un montón, y todo para pagar gastos. Por eso hacemos bulla cuando nos ponen papeletas pues, porque con una dejamos de comer varios días".

Ya que el carro es su segundo hogar y pasan el mayor tiempo del día allí (casi todos van a casa sólo a dormir y el domingo), los choferes suelen decorar su vehículo de un modo particular. Aunque se enfrentan con los propietarios del carro por el colorido decorado, al final éstos terminan aceptando con tal de que cuiden el carro. En las paredes no faltan los stickers de "Aviso: pague con sencillo. No venga a sorprender con moneda falsa" o "Este carro es suyo. No maltrate los asientos, cuídelos". Casi todos tienen a Condorito o Coné proclamando frases como "Más vale perder un minuto en la vida que perder la vida en un minuto", haciendo buena fama con "En este carro todo es chévere: la música, el chofer y el cobrador", o la conocidísima "El amor se paga con amor. Suba sola". Sólo leerlos te mejora el alicaído ánimo cuando el tráfico es insoportable.

Algo que es infaltable es el cuadro del corazón de Jesús en el centro de la ventana delantera. Hasta la religión puede diferenciarse dentro de un micro. Los católicos tienen a "Oh Señor de Muruhuay, patrón de Tarma, guíame", o stickers en las ventanas que rezan "Jesús es el piloto y yo el co-piloto". Los evangélicos, por su lado, tienen stickers multicolores con versículos bíblicos o afiches a todo color como el del "Médico del alma" o "La Salvación está cerca", escritos tan extensos que sólo termina de leer aquel que viaja de pie frente al texto. Pero en lo que todos se unen es en escribir en la ventana posterior los nombres de la esposa, los hijos o alguna frase hiriente y decepcionada como "Ya fuistes" (sic) o “Soy fiel, no insistas".

Pero no todo es tristeza. Entre vuelta y vuelta y semáforos en rojo, los conductores se entretienen un rato leyendo el "Trome", "Ajá", "Libero" u otro periódico de cincuenta céntimos. Bromean con los dateros, ponen apodos a sus rivales, "¿ya llegó Melcochita?", o escuchan sus cassettes de música andina o “Radiomar", emisora salsera infaltable en la mayoría de microbuses. Pero lo que más les gusta es "cirear" (piropear) a las chicas bonitas. Por eso, casi siempre tienen el asiento del co-piloto libre para que, previa coartada, el cobrador envíe adelante a la secretaria en minifalda, la universitaria buenamoza o la ama de casa sensualona. "En el verano es más chévere", asegura entre risas Rafo, chofer de la ruta Lima-Callao-Venezuela, "porque todas usan ropa chiquita".

Dicen que los marineros tienen un amor en cada puerto. Los conductores, en cambio, tienen uno en cada viaje, aunque el resto del romance quede sólo en su imaginación.

© 2004 – Melissa Aponte Trujillo – Todos los derechos reservados

Un pensamiento en “HABLA, ¿VAS? (II)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s