PASAJE A LA MANO, POR FAVOR (III)

La situación de los cobradores es un caso aparte. Sin importar el sexo, educación, edad, brevete o permiso alguno, ser cobrador es el oficio más informal del mundo: nadie los empadrona, nadie sabe quiénes son, ni de donde vienen ni para donde van. Cualquier persona que se aparezca a las cinco de la mañana en el paradero inicial de su elección, que cuente con una ligera recomendación de otro cobrador y que se ponga la camisa-uniforme de la asociación, puede ser cobrador por un día, o por todos los días que quiera. ¿Cuál es su función? Recitar al público versos repetitivos que anuncian las calles y distritos por donde el vehículo ha de pasar. Cada uno declama en un estilo particular y un tono diferente. Será que en el fondo tienen corazón de poeta.

“Yo estudiaba cosmetología hasta que mi papá se cansó de pagar la pensión y me dijo: ‘ponte a trabajar’. Yo me quería morir, porque nunca había trabajado y no había terminado ni la secundaria. Entonces mi ex que es cobrador me dijo que necesitaban gente en su línea, así que me metí a trabajar". Jenny, chalaca de 19 años, afirma que cuando se inició como cobradora se moría de "roche" (vergüenza), "pero ya no me importa, yo no vivo de la gente".

Desde hace pocos años las mujeres se han introducido en este oficio. Se las contrata porque suelen ser más estrictas en el cobro del pasaje y más legales a la hora de rendir cuentas a los conductores. Muchas veces, es la "señora" del chofer quien hace de cobradora, y así todo queda en familia.

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La función del cobrador no se remite sólo a recabar el pasaje y entregar el boleto, sino también a pagar a los "dateros", espantar a los limpialunas, detener a los vendedores de golosinas que pululan por subir al carro, mantener el autobús limpio y pelearse con los pasajeros que quieren pasarse de vivos. "La gente en verdad no tiene consideración", reclama Jenny. "Quieren pagar "china" (cincuenta céntimos, la mitad del pasaje) desde su casa hasta su destino, ¿qué cosa creen, que nos regalan el petróleo? No pues, así no es". Cuando un pasajero quiere emplear este recurso, empieza el primer round. Al principio ella aceptaba está salvedad con tal de llenar el carro, pero desde que el chofer le reclamó los bajos ingresos ya no escatima en cortesía y pelea hasta que le paguen completo o se bajen del carro: lo que suceda primero. Se ha comprado un cartelito que dice: "La china murió, el petróleo la mató", y lo señala cada vez que pasa esto. Al final del enfrentamiento, siempre gana ella.

Una de los méritos de los cobradores es que pueden saber, con sólo mirarte a la cara, quien ha pagado su pasaje y quien no, incluso cuando no han entregado boleto a los que ya pagaron. Todos afirman que es cuestión de práctica, pues reconocen al instante la cara de aquellos que, no habiendo pagado, dicen que sí. "La gente no sabe mentir, creen que yo he nacido ayer", afirma Martín, de la línea "Chama". "Pasaje a la mano, por favor", repite él y la gente mete la mano al bolsillo. A veces no tiene que decir nada, sólo mueve las monedas y la gente entiende. Cuando alguien tiene que bajar, a pesar de estar sentado cerca del conductor, le avisa al cobrador y éste, a su vez, al chofer. Martín vuelve a pedir el pasaje, por si hay algún distraído que pueda pagar doble. Para dar el vuelto rapidísimo, tiene separado en su canguro las monedas según su valor, y los billetes de poca denominación los tiene dobaldos como cigarrillos en la mano.

Nadie supervisa la emisión de boletos y son los cobradores quienes deciden si los entregan o no. En décadas pasadas, recabar uno significaba estar asegurado por si ocurría un accidente de tránsito con consecuencias fatales. La gente poco a poco ha perdido esa costumbre y ahora, más que para estar asegurados, las personas lo reclaman para dejar constancia de haber cancelado el pasaje. Eso sí, nunca falta un abuelito que pide su boleto y el cobrador, casi siempre, tiene que buscar uno de estos "salvavidas" entre sus bolsillos o el balde que le sirve de sencillera. Cuando se acaban, no recurre a la empresa de transporte por un fajo nuevo, sólo acude a una de las vendedoras que remata en los paraderos un fajo de cien boletos por un sol cincuenta. Señoras, en sus manos encomendamos nuestro espíritu.

© 2004 – Melissa Aponte Trujillo – Todos los derechos reservados

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